La voracidad energética de la tecnología moderna está redibujando el mapa de las necesidades globales. Según advertía este martes el consejero delegado de ADNOC y ministro de Industria y Tecnología Avanzada de los Emiratos Árabes Unidos, Sultan Al Jaber, se prevé que la demanda de energía de los centros de datos aumente un 500% para el año 2040. Este incremento vertiginoso, impulsado por el ‘boom’ de la inteligencia artificial y el crecimiento económico global, pone de manifiesto una realidad incómoda para algunos sectores: los hidrocarburos están llamados a cubrir cerca de tres cuartas partes de esta nueva demanda.
Durante su intervención en la Semana de la Sostenibilidad de Abu Dabi, Al Jaber fue tajante al señalar que no se puede alimentar la economía del mañana con la red eléctrica de ayer. La expansión de la infraestructura de datos y la adopción masiva de la IA han elevado las necesidades de inversión energética mundial a la cifra astronómica de 4 billones de dólares anuales. Lejos de ver esta dependencia del petróleo y el gas como un freno, el directivo lo califica de catalizador, argumentando que el progreso sostenible no consiste en desacelerar el crecimiento, sino en diseñar un motor mejor. Y para entender la magnitud de este desafío, es imprescindible comprender la complejidad técnica detrás de ese “motor” y del combustible que lo alimenta.
Del fondo marino a la refinería
El petróleo crudo, esa mezcla compleja de hidrocarburos que constituye la base de nuestro sistema energético, es el resultado de la descomposición de organismos vegetales y animales acumulados en lechos marinos y lacustres. Tras permanecer sepultados bajo presiones y temperaturas extremas durante millones de años, el crudo se extrae y se canaliza hacia las refinerías, verdaderos laboratorios industriales donde se separan sus componentes para hacerlos útiles.
El corazón de este proceso es la torre de destilación. Para obtener combustibles como la gasolina, el petróleo debe calentarse progresivamente. A medida que la temperatura asciende, los compuestos más ligeros y con menos átomos de carbono se desprenden primero. Cuando el crudo alcanza los 400 °C, los vapores inician su ascenso por las diferentes secciones de la torre, condensándose según sus características físicas.
En este viaje térmico, el gasóleo pesado es el primero en licuarse al rondar los 300 °C, seguido por el gasóleo ligero a unos 200 °C. Posteriormente, a 175 °C, se obtiene el queroseno, seguido de la nafta. Finalmente, la gasolina y los gases combustibles emergen de la torre de fraccionamiento todavía en estado de vapor a 100 °C, para ser enviados a una segunda torre donde se separan definitivamente.
La evolución de la gasolina y el reto de la demanda
Históricamente, los procesos de refino han tenido que adaptarse a marchas forzadas. Con la popularización del motor de combustión interna, la producción de gasolina se convirtió en la prioridad absoluta, pero la destilación simple no bastaba para saciar al mercado. Esto obligó a las refinerías a innovar mediante procesos de craqueo —romper grandes moléculas de hidrocarburos pesados— y de remodelación molecular, logrando así más cantidad y mejor calidad de combustible.
Una vez refinada, la gasolina debe superar un periodo obligatorio de almacenamiento en depósitos antes de ser transportada a las estaciones de servicio. Este líquido es el pilar de la red mundial de transporte, moviendo la inmensa mayoría del parque automovilístico global.
La complejidad del gasóleo
Por su parte, el gasóleo, comúnmente denominado diésel, requiere su propia “torre de craqueo”. En este proceso iterativo, cada destilación libera un hidrocarburo más ligero que el anterior, dejando residuos que la industria aprovecha para fabricar desde fibras textiles y aceites pesados hasta componentes farmacéuticos. Tras su obtención, cada destilado se purifica y aditiva para mejorar su estabilidad química y reducir su huella contaminante.
En el mercado español y europeo distinguimos claramente tres categorías. El gasóleo A, destinado a la automoción; el gasóleo B, bonificado y de uso exclusivo para maquinaria agrícola o pesquera; y el gasóleo C, con un alto contenido en parafinas, diseñado específicamente para calderas de calefacción por su gran poder calorífico.
Al tener una cadena de carbonos más larga, el diésel es más pesado que la gasolina y se evapora con mayor lentitud, pero su densidad energética es superior. De hecho, debido a un proceso de combustión más efectivo, el diésel es aproximadamente un 30% más eficiente que una cantidad equivalente de gasolina, aunque su producción exige un 25% más de petróleo crudo.
Datos frente a dramas
Esta eficiencia técnica de los derivados del petróleo es lo que sostiene las proyecciones de Al Jaber. Aunque el mercado del petróleo pueda enfrentar vientos en contra a corto plazo debido al exceso de oferta, la perspectiva a largo plazo muestra un crecimiento de la demanda en todas las formas de energía y en todos los mercados.
Ante la necesidad de renovar redes eléctricas, centros de datos y fuentes de energía, la industria parece tener claro su mensaje: la respuesta para satisfacer esta demanda debe centrarse en los datos fríos y objetivos, no en el drama. Mientras el mundo digital avanza hacia un consumo sin precedentes, la vieja ingeniería de los hidrocarburos seguirá siendo, durante décadas, el respaldo indispensable para que el sistema no colapse.